Hay que desarmar para armar. Parece una obviedad pero no lo es. Volvé a leerlo: para armar hay que desarmar.
Aunque tengas toda la intención, las oportunidades y las condiciones para hacerlo, te vas a topar con lo que necesita ser des-armado, des-echado, des-anudado, de-velado.
Porque lo que se construye sobre bases inestables garantiza inestabilidad.
Veo a muchos en este punto: después de muchos años o temporadas de intentos, avanzando en muchas áreas pero frenados una y otra vez por una repetición incesante de lo que no anda adentro.
Hace un tiempo llegó a mí una chica que venía armando su camino. Hace más de una década se lanzó a viajar, primero con su working holiday en Nueva Zelanda y Australia, trabajando en viñedos, en la cosecha, conociendo gente, habitando otros mundos, viviendo en carpa, con poco, con mucha gente. Eso la llevó a estudiar para saber más sobre la vendimia, y así fue como se armó una vida como enóloga, viajando por Europa, viviendo acá y allá. Cuando llegó, estaba frente a la demanda de alguien que quería mucho: asumir un compromiso entre ellos. «No puedo avanzar, soy el peor pozo que te podés encontrar.» En ese momento notó que estaba totalmente perdida, que no sabía cómo hacer ni qué hacer. Cerró con algo que no olvidé:
«Tengo la casa prendida fuego. Trabajé en mi yo de afuera pero no en el de adentro.»
Por eso me acuerdo de ella cuando pienso en que en algún momento, para poner ese ladrillo, hay que revisar cómo están las bases, sobre qué estás apilando experiencias, vínculos y sueños. Para algunos esos puntos aparecen en distintos momentos de la vida, pero son los que ponen en juego las bases.
Me gusta cómo lo plantean Grinberg & Grinberg en Psicoanálisis de la migración y el exilio. Señalan que migrar fuerza un reencuentro con las partes más primitivas de la personalidad. Al perder el ambiente familiar —las personas, los lugares, los roles que sostienen la identidad—, la estructura queda al descubierto. Para quien tiene bases sólidas, la migración es un movimiento estresante pero navegable. Para quien las tiene inestables, puede ser devastadora, o puede ser la oportunidad de una reconstrucción genuina, si hay trabajo de por medio. Por eso aparece tanto en historias migrantes: el viaje no crea el problema, lo revela. Es cuando se pone en juego de qué estamos hechos.
Entonces, para armar hay que desarmar. ¿Pero cómo se hace eso? ¿Desde dónde? ¿Hacia dónde? Un modo de hacer ese trabajo interno es en un espacio terapéutico. No implica conocerse más, tener más amor propio o menos. Analizarse implica animarse a des-armar: atravesar eso que nos sostiene, o no tanto. Dar cuenta de las elecciones que tomamos, o las que tomaron por nosotros. Aceptar. Rescatar algunos pilares. Desechar otros. Cerrar ciclos, retomar duelos. Para avanzar construyendo una estabilidad propia.
Lo que veo es que lo que da estabilidad no es igual para todos. Para algunos son los vínculos, para otros las identificaciones, la historia familiar, los valores, las creencias, algún discurso religioso o político. Esa trama que da sostén —sobre lo que nos paramos para andar— es sumamente singular.
¿Cuánto podemos avanzar clausurando lo pendiente, eso de lo que nada queremos saber, eso de lo que nos hacemos los distraídos?
Eso siempre vuelve. Es mejor hacer algo con eso que uno sabe que está ahí.
No supe más de ella. Pero me quedó esa imagen: la casa prendida fuego. A veces hay que animarse a mirar lo que se está incendiendo para saber qué sigue en pie y qué ya no, algunos pilares resisten. Las que no, de todas formas iban a caer.





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