Hace unos días vengo reflexionando, clínica y personalmente, sobre estar en tránsito, de viaje, de temporada — pensando en sus procesos y efectos. ¿Será porque me siento instalada, pero a la vez estoy pensando en volver a hacer un viaje grande pronto?
Hace unos meses viene rondando la idea, las ganas, ese gesto que aparece en mí — como ese dolorcito en la panza, esa emoción que se hace notar, indescifrable, efímera pero conocida: se viene gestando un movimiento. Lo que es desconocido es el modo en que ese pedido interno quiere o necesita satisfacerse: yendo a dónde, por cuánto tiempo, para hacer qué. Dándole lugar de a poco, entrando y saliendo de eso, es como lo voy conociendo. Así, ese próximo movimiento empieza a tomar forma.
Lo que descubrí es que esas ganas no hacen más que crecer, crecer y crecer, hasta que piden nacer o morir.
Supongo que encontrarme en relatos de viajeros, consultantes, amigos migrantes sobre sus transformaciones me hace ahora, a mí, dar cuenta de esos procesos, cómo fue para mí y animarme a reconocerme en ese cambio. Pasó más de un año que volví. Me parece a veces un montón y a veces no tanto. Cuando me cruzo con personas que no veo hace unos meses me preguntan si me quedo o me voy. Todavía me preguntan.
A veces me pregunto qué impide que me acerque a expresar mi experiencia íntima de viaje — no únicamente compartir en redes y estudiar profesionalmente el tema. Expresar, integrar —nunca me había resonado tanto esa palabra—, elaborar y nombrar en quién me convertí y a cuál dejé ir. Cuál está escribiendo esto y reescribiendo mi historia. Estoy segura que la psicóloga le está dando lugar a la exploradora, a la inquieta, a la curiosa.
Me viene una escena que ahora puedo mirar desde afuera y notar qué novedosa y compleja fue. Estaba hacía ya un mes en Galicia, venía viviendo un montón de aventuras inesperadas, muy intensas, con cierta noción de la transformación que se estaba sucediendo pero con ninguna claridad. Cuando me fui sabía que quería salir a jugar, improvisar, pero con un borde de seguridad: tenía un pasaje de vuelta a casa. Se acercaba la fecha y yo tenía que decidir qué hacer con ese vuelo, que era más que un billete — era una elección: ¿me quedo o me voy? ¿Y si me quedo, qué voy a hacer? ¿Y si me voy más adelante?
Jamás había estado en esa posición: sentirme parada en el borde, decidiendo si quería ir más allá. Aparece otra escena, la de esa niña curiosa, ávida de más espacio, de espacios diferentes, a su medida, que siempre se acercaba al borde para ver qué hay más allá. Qué curioso que unos cuantos años después estaba en ese mismo lugar, ya habia estado jugando ahi.
Esos días me sentía muy conmovida emocionalmente, era todo muy confuso. Lo único que podía ubicar era que era muy pronto para volver. Lo sentía, lo intuía, eso se parecia a algo cierto-certero, insistía. Después me di cuenta que escuchar y leer ese mar de dudas es el modo de acercarme a la verdad. Brújula que hay que escuchar, y que para mí fue una voz de coordenadas — un aprendizaje y recurso que me llevé de habitar los bordes, las fronteras, los saltos y los vacíos. Nunca me quedé en lugares que no quería mucho tiempo; soy sensible a esa incomodidad, más cuando viene de adentro.
De eso se trata este proyecto y este blog: de la identidad en tránsito, la transformación del movimiento, la experiencia de la vida. Algo de esto es lo que quería inscribirse.
Antes era Belén la que se quedaba en el borde. Ahora la que siempre se está yendo — y descubrí que no soy la única a la que le gusta este juego.
Gracias por leer
Belén





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