Los vi en una mudanza a medias. Llevaban nueve meses en el nuevo pais y las valijas seguían ahí, a la vista, contra la pared de esa habitacion en el piso compartido, como si guardarlas del todo significara admitir que ya no había vuelta atrás. Ahí estaban los dos. Ella hablaba el idioma nuevo con soltura, había conseguido trabajo, tenía una rutina que la sostenía: el café de la esquina, el nombre de la vecina, el camino más corto al supermercado, salir a correr los findes. Él todavía traducía cada frase antes de decirla. Se enojaba y no queria que ella hablara por él. Todavía se despertaba, algunas noches, buscando el ruido de la calle de allá, el ladrido del perro y soñaba con el futbolito de los viernes a la noche. Habían migrado juntos. Mismo vuelo, mismo contrato de alquiler, mismo proyecto compartido durante años de planificación. Pero algo estaba a la desacomodado, a la vista como las valijas sin guardar y no podían nombrarlo.
—¿Por qué a vos te cuesta tanto, si fue decisión de los dos?¿Te arrepentís? — le preguntaba ella, sin maldad, con el cansancio de quien cree que tiene que sostener sola un proyecto que imaginó compartido.
—¿Por qué a vos no te pesa nada?¿no extrañas? — respondía él, con la culpa de quien siente que está fallando en algo que ni siquiera puede explicar.
Migrar en pareja suele idealizarse como una travesía sincronizada: dos personas que toman la misma decisión y que la atraviesan juntos, al mismo ritmo. La clínica con pacientes migrantes trae otra cosa. Cada psiquismo vive la pérdida al modo propio: con su propio tiempo, su propia historia de vínculos, su propio cuerpo, mecanismos y defensas. No se puede anticipar cómo te va a atravesar, al otro o a la pareja.
Lo que en pareja se vive como distancia o reproche, muchas veces es simplemente la diferencia: dos procesos de duelo migratorio corriendo en paralelo, con velocidades distintas. una diferencia más o la primera a la que hay que darle lugar, alojarla, no desesperarse y habitarla. Uno de los que más escucho en consulta: la velocidad del otro se lee como un juicio sobre la propia. Si mi pareja ya se adaptó, ¿qué me pasa a mí que todavía no puedo? Si mi pareja todavía sufre, ¿soy yo quien no siente lo suficiente? Ninguna de las dos cosas es cierta pero tiene algo de verdad.
¿ Qué se hace cuando aparece el malentendido?
Acompañar a una pareja en este tránsito implica, casi siempre, ponerle palabras al desencuentro antes de que se vuelva distancia. Nombrar que cada uno está en un punto distinto del duelo. Recordar que el ritmo del otro no es una medida de comparación, sino una historia propia que merece su tiempo. La migración pone a prueba muchas cosas de un vínculo: la comunicación, la paciencia, la capacidad de sostener al otro sin pedirle que vaya más rápido o más lento de lo que puede .Las que atraviesan mejor la migración y logran hacerse una nueva vida de a dos no son las que no tienen diferencias sino aquellas que encontraron una forma, o varias, de nombrar y las que pueden hacer algo con la diferencia. Darle lugar a este conflicto puede convertirse en una oportunidad ,la de aprender a acompañar un proceso ajeno sin intentar emparejarlo al propio ni buscar la complementariedad perfecta que tanto daña al amor real.





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